La decepción de Rubí

La decepción de Rubí
Pese a tantos crímenes de menores en Ciudad Juárez, pocas veces la sociedad ha vuelto a repetir aquellas manifestaciones para encontrar a Airis.
Foto: Archivo
Daniel de la Fuente

Ciudad Juárez (7 marzo 2013).- “Lo que le hicieron a Airis no fue sólo a ella: fue a la humanidad entera”.

Esto dijo uno de los oradores en la despedida de Airis Estrella Enríquez Pando la tarde del 20 de mayo del 2005, en el Panteón Colinas de Juárez. Los cientos de asistentes derramaban lágrimas a la par de la familia de Airis, encabezada por su madre, Rubí Pando Hernández, quien tiene presente cada detalle de aquel adiós a su niña eternamente de 7 años.

 

 

 

 

“Hay cosas que no olvidas nunca”, cuenta esta ama de casa que hoy rebasa los 40 años y es madre de otras tres menores.

Ella, entonces embarazada de su pareja, un herrero que fue como un padre para Airis, cuenta que ese día transcurrió lento: lento el cortejo hacia el Templo Santo Tomás Apóstol, lentos la misa y el entierro del ataúd blanco sellado y cubierto de flores rojas, amarillas y muñecos de peluche.

La niña fue encontrada cinco días antes, luego de una búsqueda policiaca por casi dos semanas, en tanto Rubí aparecía en todas partes apoyada por un contingente pocas veces visto de juarenses. Marchas, protestas, veladas.

Todos los medios de comunicación se unieron esa vez para boletinar de manera simultánea la imagen de la pequeña que salió de su casa una tarde y no volvió.

Muchos pensaron que regresaría, pero algo pasó durante la ausencia de la niña, revela la madre, quien hace una pausa. Ella, que al principio por la preocupación se mostró renuente a comer y probar líquidos a riesgo de afectar su embarazo de siete meses, a los dos días de búsqueda reanudó poco a poco sus hábitos.

“Una como madre tiene un don: de pronto a los dos días sentí un dolor muy fuerte y supe que ya no iba a estar conmigo”.

“Olvídense de que la encontremos viva”, empezó a decir a sus allegados, e insistía en que lo único que esperaba era que se la devolvieran y no estar como otras madres que hoy, a 20 años del registro de los feminicidios en esta ciudad, no saben de sus hijas.

Rubí, fatalmente, ya conoce el lugar en que se encuentra la suya.

***

Aun en la feroz Ciudad Juárez, por años promocionada como la más violenta del mundo y casi con un ecosistema adverso hacia la mujer, la historia de Airis fue una excepción lastimosa. En aquel tiempo, los feminicidios en Chihuahua incluían un número mínimo de crímenes de niños pequeños no muy distante al que arrojaban al año otras entidades.
Hoy, esto ya no es así.

Rubí no recuerda asesinatos de infantes en esos días. De ahí que, pese al auge criminal -aún se hablaba de 300 asesinadas desde 1993, aunque la autoridad sumaba más de 360-, en el 2005 no le inquietaba que su niña saliera sola de casa.

Le llamó Airis Estrella para diferenciarla. La alumna de segundo de primaria, de buenas calificaciones, era tan ingeniosa que solía decir que en su casa había dos artistas: su hermana, que cantaba, y ella, la “bailarina sexy”.

“Disfrutaba mucho la vida…”, afirma su madre, compungida.

Esa tarde del 2 de mayo, eran como las 19:00 horas cuando Rubí salió a hablar por teléfono con un hijo mayor que vivía fuera de Ciudad Juárez. Antes de salir, vio a Airis dormida en su cama.

Una hora después, regresó y no vio a la niña, por lo que imaginó que se habría quedado con alguna amiga. Fue hasta que le preguntó a su otra hija dónde estaba Airis que le entró la inquietud.

“Fuimos a la tienda, pero Airis se regresó sola”, dijo la niña.

Pese a su embarazo avanzado, Rubí salió aprisa a buscar a su hija, pero se dio cuenta de que no estaba en la casa de ninguna vecina. Habló a la policía, pero le dijeron que debía esperar 72 horas para una búsqueda. Tiempo perdido para las víctimas. Tiempo dorado para los criminales.

Ella no se dio por vencida, por lo que al día siguiente en los noticieros una de las primeras notas fue la desaparición de Airis.

La madre, hasta ese momento, mantenía la esperanza.

“Había oído que estaban desapareciendo chavalitas de 14, 15 años, y como mamá pensaba en lo que sucedería cuando mis hijas tuvieran esa edad, cómo protegerlas, pero no pensé que a una de 7 le fuera a pasar algo. No estaba en el patrón”.

Las marchas empezaron a efectuarse. Rubí dice que nunca había visto tanta gente en las calles pidiendo por algo ni tanto compromiso entre la policía.

“El caso lo adoptaron los ministeriales. Se veía que le agarraron cariño a la niña y estaban trabajando. Incluso pusieron gente encubierta en la colonia”.

Habrá sido a través de esta iniciativa que se supo que, a su regreso a casa aquel 2 de mayo, Airis fue interceptada por una vieja camioneta oscura cuyo conductor la subió de manera forzada.

A los días, sin embargo, la madre de la niña desarrolló esa sensación de que su hija había perdido la vida. Pero era tal el interés social por hallarla que se organizaron búsquedas en distintas zonas de la ciudad, apoyadas por elementos policiacos.

El rostro de Airis apareció en coches y empresas donaron para instalar panorámicos. La dolorida Juárez se unía en pos de algo.

La zozobra llegaría a su fin cuando el domingo 15 del mismo mes la Procuraduría estatal dio a conocer que el cuerpo sin vida de la niña había sido hallado en un tejabán ubicado en el desierto.

El cuerpo de la pequeña que unió a Juárez fue encontrado, destrozado, en un tambo lleno de cemento y arena.

Los exámenes, que arrojaron un abuso sexual terrible, si es que el delito no incluye ya el adjetivo, confirmarían la sensación de Rubí: su hija fue asesinada a golpes al segundo día del secuestro.

***

Un mes después, la autoridad presentó al comerciante Luis García Villalbazo, de 64 años, como el asesino de Airis, una de las víctimas mortales más jóvenes en la serie de feminicidios juarenses.

El sujeto fue consignado también por el abuso sexual de tres menores más. Los rasgos del hombre, adicto a la mariguana y a la cocaína, coincidían con los descritos por testigos que lo vieron en la camioneta con Airis.

“Cuando la vieron me dicen que no gritó, no pidió auxilio ni lloraba. Iba sucia, despeinada, como sin sentido”, dice Rubí.

“Miraba la nada. No era ella”.

Atrás, en la caja del vehículo, iban los bultos de cemento con los que el psicótico la cubriría. Más tarde, la autoridad filtró imágenes del asesino dando alaridos y golpeándose en las paredes de su celda: rogaba por droga.

La Procuraduría detuvo a tres presuntos implicados: Rogelio Sandoval, Eustacio Alemán y Juan Manuel Alvarado. Los últimos dos serían exonerados en el 2007. Eso a Rubí no le satisfizo. Para ella, tenían responsabilidad.

“Todos eran de clase alta, con casas, propiedades. No entiendo por qué atormentar así a la niña, por qué matarla”, expresa Rubí, aunque deja entrever que, a diferencia de las niñas de las que García Villalbazo abusó antes, a Airis quizá la asesinó presionado por la campaña de búsqueda.

Con los años, la cacería de niñas se incrementó dramáticamente. Tan sólo al día siguiente del hallazgo de Airis, Anahí Orozco, de 10 años de edad, fue abusada sexualmente, asfixiada y envuelta en un colchón al que le prendieron fuego. El responsable fue Antonio Ibáñez, un adicto, padre de una menor que por las noches cuidaba a la víctima.

Meses después, Alejandra Díaz Sánchez, de 13 años, fue violada y asesinada a puñaladas. En total, nueve menores, todas mujeres, fueron asesinadas ese 2005.

Pasaron los años. Rubí debió salir adelante por sus otras hijas. Con una zona de su corazón permanentemente a oscuras, ha tenido que caminar recordando a la niña que solía bailar bajo cualquier pretexto y sus niñas se han acostumbrado a mirar la foto grande de Airis en la sala. Incluso entre ellas se llaman por equivocación con el nombre de la hermana perdida.

“Hablan de ella como si la vieran, recuerdan cosas que hacía”.

La mujer ha sido testigo de cómo lo que en su momento fue un caso excepcional se volvió algo común no sólo en Ciudad Juárez, sino en el País: la mujer, desde muy temprana edad, es objeto de todo tipo de abusos y de muerte.

“Es decepcionante todo lo que ves. El ser humano a todo se acostumbra y uno mira la violencia como normal, pero es duro ver cómo los niños, mis hijas, van creciendo con incertidumbre.

“Yo veo en mi caso y en otros que luego ya no saben si al salir sus hijos van a regresar. He visto mucha gente en la ciudad derrumbarse por el dolor de la búsqueda, porque no les resuelven”.

De hecho, al final del 2005, la autoridad dio a conocer que hubo un incremento en sus cifras: el año cerró con 32 crímenes de género en Ciudad Juárez, 10 de ellos con víctimas menores de edad y 18 en los cuales tenían como máximo 25 años. Lo que ha sido hasta ahora, pero en ascenso.

Respecto a algunos crímenes, responsabilidad de asesinos seriales, al parecer gente poderosa ligada al poder, al dinero y a delincuencia organizada, la Procuradora de entonces Patricia González dijo: “Siempre, en todas las sociedades modernas, estará presente el asesino en serie; en ninguna parte del mundo se puede decir que se erradica el asesino serial, por lo que es una posibilidad latente de que vuelva a ocurrir”.

El desamparo se hizo oficial.

Esther Chávez Cano, directora del Centro de Crisis Casa Amiga, reviró la desafortunada declaración de la funcionaria que debió dejar el cargo y cuyo hermano, capturado por la delincuencia, reveló en video que ella estaba ligada al narco: el aumento en los crímenes de mujeres es porque no se ha vencido a la impunidad.

“Mientras no se detenga a los que han cometido asesinatos de mujeres de antaño, los casos de feminicidios seguirán en aumento. La impunidad genera más violencia”, dijo la pionera, quien murió en el 2009 con una certeza: dada la indiferencia oficial, pareciera que ser joven y mujer en esta frontera es casi equivalente a tener seguro un fin cruento.

La muerte de Airis, entonces un caso inusual, ya no lo es, para decepción de Rubí. Es una excepción, eso sí, que su caso esté cerrado, con responsables en prisión y la víctima en un sepulcro.

Pocos en Juárez, ciudad de pesares, pueden decir lo mismo.

Reforma

7 de marzo de 2013

http://www.reforma.com/nacional/articulo/692/1382032/

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