El Siglo de Torreón. La violencia ya no es novedad

Javier Garza Ramos ( Ver todos sus artículos )

Mario Vargas Llosa abre su gran novela Conversación en la Catedral con una pregunta tan directa como estremecedora: “¿En qué momento se jodió el Perú?”.

Varias veces me he preguntado lo mismo, pero a propósito de la Comarca Lagunera, la zona que se extiende en parte de Coahuila y Durango y que en los últimos años ha sido azotada por la violencia criminal. ¿En qué momento caímos en una espiral de homicidios, asaltos, secuestros y extorsiones?

La respuesta, desde la óptica de El Siglo de Torreón, el principal periódico de La Laguna, parece casi obvia: desde que la violencia dejó de ser novedad.

Muchos laguneros ubican en 2007 el inicio de una ola violenta desatada por grupos del crimen organizado que disputan el control de la zona. En ese año se volvieron más frecuentes los homicidios y las balaceras pero las cifras de ese año, consideradas alarmantes entonces, son apenas una fracción de lo que vimos un lustro después.

En todo 2007 se registraron 89 homicidios en la zona metropolitana de La Laguna, que abarca las ciudades de Torreón, en Coahuila, y Gómez Palacio y Lerdo, en Durango. En 2012 esa cifra se había multiplicado por 11 y era más o menos el promedio mensual de los 1,085 asesinatos que hubo ese año.

La violencia criminal dejó de ser novedad, con el paso de los meses inyectó temor en la población y puso a la Comarca bajo los reflectores como una de las zonas más peligrosas del país.

En la redacción de El Siglo de Torreón, acostumbrados a que la “nota roja” eran accidentes, riñas, uno que otro asalto y los ocasionales homicidios en su mayoría derivados de pleitos personales o pasionales, la embestida criminal que comenzó hace seis años nos obligó a cambiar el enfoque de la información.

Los asesinatos y las balaceras comenzaron a aparecer a la primera plana, impulsados por la novedad y el impacto de los hechos, pero se volvieron tan rutinarios que amenazaban con pintar de rojo la portada del periódico.

Con el tiempo, comenzamos a definir criterios para el tratamiento editorial de las notas. En discusiones entre directivos y editores acordamos un despliegue en la página dedicada a la información policiaca y publicaciones en portada para los hechos de mayor impacto entre la comunidad.

La información es tan variada que tuvimos que establecer categorías. La mayoría de los homicidios y asaltos se consignan en la página de nota policiaca. Son tantos que es imposible que todos tengan amplio despliegue.

Pero si se trata de un hecho que altera la vida de la ciudad, como las masacres en los bares que se generalizaron a partir de 2010 o las balaceras en zonas muy transitadas obligan a dar un tratamiento más amplio que permita también disipar los incontenibles rumores que se desatan.

Estas coberturas se han convertido en un proceso que inicia en redes sociales, con la publicación en la cuenta de Twitter del periódico (@torreon) de la alerta sobre un hecho particular. Le sigue una nota para el portal de internet (www.elsiglo.mx) y luego una discusión entre editores sobre la forma en que será publicada en la versión impresa.

El tratamiento de la información debe definirse caso por caso, pues no hay una receta uniforme. Los hechos son tan diversos que la publicación de cada uno amerita decisiones distintas sobre su ubicación y despliegue dentro del periódico.

Además, los criminales saben que la saña con la que cometen un delito, por ejemplo un homicidio, es parte del mensaje. Un cuerpo arrojado a la calle tiene menos impacto que un cuerpo mutilado. Un tiroteo en una zona alejada de la ciudad no tiene la misma atención que un tiroteo en una de las avenidas principales.

Como medio de comunicación hemos intentado evitar ser voceros involuntarios de los mensajes que los grupos delictivos buscan mandar, de modo que la presentación de la noticia se vuelve parte importante de las discusiones editoriales.

Hay ocasiones en que un hecho moviliza a buena parte de la redacción en la cobertura. En agosto de 2011 una balacera desatada afuera del estadio del Santos Laguna, cuando el equipo de futbol local jugaba contra el Morelia, involucró a reporteros y editores de las secciones local y deportiva para profundizar en la noticia que cimbró a la comunidad lagunera y retumbó en medios internacionales.

Hace unas semanas el asesinato de un hermano del cantante Pablo Montero de igual forma involucró a reporteros de la fuente policiaca y al equipo de la sección de espectáculos para recabar la información sobre el hecho que también tuvo una gran resonancia más allá de La Laguna.

La ola de violencia, tanto en La Laguna como en el resto del país, ha puesto a los medios de comunicación en el fuego cruzado. En el intento de los grupos criminales por controlar lo que se dice de ellos, los medios han sido objeto de intimidación y agresiones.

El Siglo de Torreón no ha estado exento. Nuestras instalaciones han sido atacadas en varias ocasiones desde 2009 y apenas en febrero de este año cinco trabajadores fueron secuestrados con el objetivo evidente de intimidar la cobertura que realiza el diario. El hecho de que ninguno de ellos formaba parte del área editorial significa que no sólo reporteros o editores, sino cualquiera que trabaja en un medio de comunicación en el país puede estar expuesto.

La respuesta ha sido una serie de medidas tanto para reporteros en la calle como para editores en la redacción sobre la forma en que se procesan las noticias de hechos delictivos. Las medidas van desde las precauciones para reporteros y fotógrafos en la calle hasta la forma en que se redactan los titulares o se escogen las fotografías.

También hemos buscado extender nuestra cobertura a temas derivados de la violencia cotidiana, como el impacto en los negocios, o en jóvenes o niños sobre todo en las zonas de mayor incidencia delictiva. La publicación de estadísticas también permite, más allá de los hechos diarios, conocer cómo ha evolucionado el crimen en la región.

No hay manera de saber si estas medidas han evitado más agresiones de las que hemos sido objeto, pero el hecho de tenerlas es parte de la respuesta que hemos tenido que dar ante la incapacidad de autoridades para frenar la violencia durante los últimos años.

La única alternativa no viable es la autocensura. Varios diarios mexicanos han anunciado que dejarían de publicar información relacionada con hechos delictivos. La decisión no va sólo en contra del compromiso informativo de cualquier medio, sino que también puede resultar contraproducente, pues el silencio dura sólo hasta que un grupo criminal amenace a un medio para que publique algo.

El ejercicio del periodismo en La Laguna ha sido trastocado por el fenómeno delictivo que nos obligó a buscar formas de hacer coberturas seguras, algo que hace años dábamos por sentado. Pero en el afán por consignar los hechos que ocurren en la Comarca hemos descubierto que el periodismo puede continuar aún bajo fuego.

En los últimos meses la violencia criminal ha cedido de manera notable. Los homicidios van a la baja y las capturas de grupos delictivos a la alza. Poco a poco, el temor de la población es menor y el ritmo de las noticias ha disminuido, aunque la prevalencia de otros delitos como asaltos y secuestros indica que es muy temprano para saber si el círculo se ha cerrado.
La vida en la redacción se alteró sin remedio. Reportear notas policiacas se volvió un ejercicio de precauciones. Quién sabe si regresaremos a épocas anteriores cuando estas coberturas podían hacerse sin temor. Cuando la violencia deja de ser novedad, el riesgo es que nos acostumbremos a ella. n

 

Javier Garza Ramos. Subdirector editorial de El Siglo de Torreón.

Nexos

1 de agosto de 2013

http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2204280

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